Mostrando entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas

viernes, 17 de febrero de 2012

Pierre Loüys (1870 - 1925) Manual de urbanidad para señoritas - Con el Presidente de la República

Decadente, irreverente, irónico. El gran erótico de los Simbolistas.




Si le solicitan el honor de recitar un cumplido delante del Presidente de la República, no le diga al oído en el momento en que se inclina a besarla: "Ven a casa, te la pondré tiesa".

Incluso si usted lo reconoce como un antiguo frecuentador de la casa clandestina en la que usted prostituye su boquita, no le llame "gran bebé" delante de su Estado Mayor.

No lo llame tampoco "viejo sátiro" chantajeándole con un millón de francos por su silencio.

Si, por el contrario, él la rapta secretamente y se abalanza sobre su trasero para aliviar su lubricidad, nada la obliga a dejarse violar por el Jefe de Estado.

Si, por su propia voluntad, usted se acuesta con él y si él la ruega que le haga pípí en la cara, no objete que este acto sería indigno del respeto que usted le debe. El conoce el protocolo mejor que usted.

Puede pedir al señor Presidente de la República una mecha de su pelo para acordarse de sus favores, pero sería indiscreto cortarle el pito para conservarlo como recuerdo.

Si, durante una juerga nocturna, encuentra al Presidente de la República completamente borracho, tumbado en un charco, haga que vuelvan a conducirlo a Palacio con los honores que le son debidos.

Si el señor Presidente de la República falleciera de pronto mientras usted le mama la leche, puede contar la historia a todo el mundo: no la perseguirán. Hay precedentes.


miércoles, 7 de septiembre de 2011

Recuento Soledades





Entro en casa, cierro la puerta y recuento soledades. Mientras saludo a las personas que sonríen en las fotos de la entrada,  dirijo un hola a cada esquina sin esperar respuesta. Mudo la ropa y por el camino invento algo que hacer, como mejorar el olor de la casa con aire fresco de la calle o con el aliento de una vela de colores que a veces se apaga.
Suelo tener abierto el correo por si alguien llama a la puerta; que en la distancia,  se reconocen mejor los afectos. También el móvil a mano por si llegas y tu voz se hace presente entre tanto silencio.
Lo mejor, sin duda, es el café de la mañana, desvelando sueños con el humo blanco de un cigarro apenas sujeto por dos dedos, con discreta elegancia; o ese otro cuando la tarde se pone cuesta arriba y pierde sus argumentos.  El café es la mejor excusa para iniciar un rito que espante el dolor a los cuatro vientos. Son movimientos sabidos  para ganar seguridad y no acumular más dudas, más deudas.
En la soledad cabe el peligro del miedo al vacío, al tiempo sin forma. Por eso, algunos se empeñan en agendas cuartelarias cargadas de quehaceres que pongan orden en la confusión de la vida. Yo, por contra, prefiero la irresponsabilidad de una nube de plata encima de la cabeza para, de vez en cuando, alargar el brazo y con suerte, encontrar algo.
A ratos la pluma, el lapicero, el papel en blanco que tanta angustia me provoca. A ratos un duermevela tumbado en el sofá que no cambiaría por nada, a ratos una canción que atraviesa las habitaciones de punta a punta. Si me gusta puedo escucharla cincuenta veces hasta que acaba cristalizando en un estado de ánimo. Suelen ser tristes, hondos,   acompañados de una  bufanda de melancolía que no calienta ni en el verano. Puede que la música, a fuerza de insistir,  termine por rayar el parqué y entonces me enfado y cambio de tercio.
En ocasiones acabo  recitando fotografías que te hice en el último viaje o repasando los mapas de tu cuerpo que ya he aprendido de memoria a fuerza de no recorrerlos. A estas alturas, lo normal es que un libro me elija y salte de la estantería para provocarme o que los cacharros amontonados en la pila susurren mi nombre pidiendo agua.
Mientras, afuera no existe el tiempo,  tan sólo una luz cargada de matices que va tornando hasta oscurecer las ventanas y ponerme sobreaviso: es la hora de la soledad del sueño.


JMF

miércoles, 10 de agosto de 2011

Justo y el Ángel - Ángel Zapata - 2011

Ángel Zapata ha publicado un nuevo libro de cuentos "Las buenas intenciones y otros cuentos"




JUSTO Y EL ÁNGEL


Justo me dice que no haga caso. Me dice que haga como si no le viera. "Tú, ni caso", me dice Justo. Me insiste en que el precio del piso ha sido una ganga. Y en que el ángel de la anunciación, con su bucles dorados y sus alas de nieve, se cansará algún día de aparecerse a las doce, junto a la máquina de coser, y llamarme "bendita entre las mujeres".

- A ti qué más te da lo que te llame - Me dice Justo-.
Tú piensa en que este piso tiene un balcón hermoso, Antonia; y en que está bien comunicado.
Eso me dice.

- Bendita tú entre las mujeres - me dice el ángel todos los días.
Y a pesar de sus bucles dorados y sus alas de nieve, yo me pongo roja como una manzana, porque me lo dice con mucha intención.
-Tú ni caso - me insiste Justo.

Y entre Justo y el ángel van a volverme loca.

jueves, 7 de julio de 2011

Evolución



Evolución

Después de unos cuantos años cargados de desastres naturales, revueltas sociales y otras tantas miserias provocadas por nuestra ignorancia, las primeras alarmas que advertían que algo diferente estaba sucediendo, surgieron con la negativa de millones de personas a alimentarse. Fue lo que los científicos, tan empeñados en poner nombre a todas las cosas que no comprenden, dieron en llamar “Anorexia social”. Los afectados, sentían repulsión a ingerir cualquier sustancia animal o vegetal y languidecían en casas y hospitales con una mueca burlona acentuada por la extrema delgadez, mientras los ojos se les hundían y los huesos emergían rotundos bajo la piel.

Nadie, ni siquiera los inapetentes, sabían el porqué de tan extrema determinación que les inducía, pese al natural sentido de supervivencia, a abandonarse definitivamente. Lo cierto es que por primera vez en la historia de esta humanidad, morían de hambre tantas personas en los países ricos como en los pobres y desnutridos de siempre. Una maravilla para los gurús de la igualdad, defensores de la distribución equitativa de la nada.

El miedo a sufrir esta nueva enfermedad o esta absurda negación, se había instalado en cada persona, cada familia, en cada pueblo y ciudad del mundo. Nadie estaba a salvo y ni la ciencia, ni la religión, ni los gobiernos tenían respuestas; pero lo mejor estaba todavía por llegar…

Tres meses después de la aparición de los primeros casos, comenzaron las transformaciones espontaneas. Caminabas tan tranquilo por la calle y de repente un tipo a tú lado, estallaba en una exhibición de colores para iniciar un vuelo lento y ceremonioso convertido en un ser luminoso y energético. Un híbrido entre elfo de Tolkien y Campanilla de Peter Pan. Estos seres de luz resultaron ser el inicio de una nueva especie, un paso más en la evolución o eso creíamos porque comunicarse con ellos resultaba imposible.

Los primeros en sufrir la transmutación fueron los supervivientes del ayuno, quien sabe si por la liviandad que proporciona la falta de peso. También los niños que según se decía vivían libres de apego y maldad, y se transformaban vertiginosamente en multitud de formas y colores que variaban traviesamente, como jugando. Un estrés para nuestros primitivos ojos.

En cualquier caso se mostraban pacíficos y aunque de vez en cuando, quizá por nostalgia, les veíamos sobrevolar sus antiguas casas, en general, se concentraban en espacios naturales y abiertos. Revoloteaban afanosos por bosques, ríos, desiertos y mares. Quién sabe si restañando las viejas heridas de la tierra y del paisaje. No parecía interesarles cosa material alguna: dinero, medicinas, alimentos. Tampoco construían, ni cantaban. No leían el periódico ni jugaban al fútbol. No escuchaban las noticias de la tele ni militaban en ningún partido político. La verdad, no sabíamos casi nada aunque a nuestros ojos parecían hermosamente aburridos. Afortunadamente no se les podía hacer daño por más que en los primeros días, multitud de personas asustadas, enfadadas o humanamente estúpidas, todo viene a ser lo mismo, habían intentado con armas de todo tipo y sin resultado, el “Tiro al duende”.

Al acabar el año, éramos pocos los humanos y la mayoría nos sentíamos como debieron de hacerlo los últimos Neandertales, anticuados y caducos, al ver prosperar a los primeros de nuestra especie: pesimistas, con la autoestima por el suelo y esa sensación de pérdida que atraviesa el estómago cuando algo termina.

Sin embargo, lo que más tristeza me producía, era la determinación de los “enrocados”, los que habían decidido no mutar y acabar así sus días en un incompresible acto de rebeldía y de desprecio olímpico a la promesa de un nuevo paraíso.

Guardaba para mí, secretamente, las dos ocasiones en las que había sentido el inicio de la transmutación como un impulso arrollador que empezaba en el pecho para extenderse por todo el cuerpo, pero era pensar en Raquel y el proceso se detenía bruscamente, dejándome agotado y con una quemazón por toda la piel que me hacía maldecir a Darwin y al resto de los evolucionistas.

Raquel, la mujer de mi vida, se había empeñado en quedarse así, más homínida y cabezona que nadie. Que si le gustaba conducir, que si las luciérnagas no comían chuletón de buey, que seguro que el sexo ni lo cataban… Mi Raquel era muy humana y se aferraba desesperada a sus sentidos y al sufrimiento que la hacía sentirse viva. Yo, estaba tan enamorado que no quería abandonarla pese a que sabía, porque lo sabía, que nunca cambiaría, que era capaz de tirar su vida por la borda sin permitirse una oportunidad de futuro. Mira que la decía:

- Joder, Raquel, que dicen que las luciérnagas, como tú las llamas, no conocen la muerte ni la enfermedad.
- ¿A sí?
- Sí… Ni las clases sociales, ni el hambre, ni el sufrimiento, ni la posesión, ni la pena negra.
- Y tú, ¿Cómo lo sabes?
- Lo sé, lo presiento.
- ¡Eres un ingenuo, siempre te crees todo lo que te cuentan!
- Mi vida, no hay nada peor que no querer cambiar, que no querer vivir…

Esa tarde hicimos el amor con desesperación. Aferrado a su cuerpo supe que no había vuelta atrás, que todo estaba dicho, que todo estaba hecho. Y mientras mi ser se desvanecía entre sus piernas y me vaciaba y me deshacía. Mientras mis lágrimas se volvían bolas de luz en mis ojos ya ausentes y un tequiero de color malva cerraba mi boca para siempre, vi el miedo en su mirada y apenas un leve gemido de placer y reproche cuando comprendió que no volvería.

martes, 21 de junio de 2011

La Casa de Asterión - Jorge Luís Borges

Sueño muchas noches que estoy en el laberinto de Cnosos. No sé que hago allí pero aguardo solitario la llegada de algo. Podría escapar volando pero no lo hago. Me resigno a ese espacio confuso donde deambular eternamente aprendiendo en la penumbra la configuración de cada piedra acariciada. El suelo es un espejo que proyecta el infinito hasta la locura. Nunca ocurre nada, me despierto en calma cuando veo mi imagen reflejada convertida en alguien que no soy yo.  

¿Te acuerdas amigo del Minotauro de Borges? El más humano de los monstruos. Esperaba a su redentor,  con la llegada  de los jóvenes atenienses que morían de miedo y de ignorancia. Ahí va su historia.

JMF 



LA CASA DE ASTERIÓN

Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia lo quiera.

El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Loas enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro, porque las noches y los días son largos.

Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos.) Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o ahora desembocamos en otro patio o bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o ya verás cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.

No sólo he imaginado esos juegos, también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce [son infinitos] los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes, la casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris, he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce [son infinitos] los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.

Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor, desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?

El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.

-¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.

martes, 7 de junio de 2011

La Tostá


LA TOSTÁ

En apenas unos días, D. Lluís Gómez i Cazorla, natural de Badajoz, inició una radical transformación personal. Secretamente, rompió el carné de la Agrupación por la Independencia y ante la sorpresa de todos, abandonó sus clases semanales de catalán y sardana.

Sus socios en una empresa de exportación de frutas ubicada en Girona, habían decidido, por motivos estrictamente económicos y a pesar de su discreta oposición, trasladar la sede social de “FrutiCAT” a Peñarroya, pueblo industrial de la provincia de Córdoba.

Quince días antes del forzoso traslado, Dña. Mari Pau del Clos Borrás, esposa de Lluís, dejó una triste nota de despedida, en la cómoda gaudiana de la habitación de matrimonio, donde le comunicaba su irrevocable decisión de divorciarse e ir a vivir a la casa familiar de los del Clos; una preciosa masía del siglo XIX en Sant Feliú de Guisols.

Abatido, había llorado durante un largo día el abandono de Mari Pau, pero Lluís, era un hombre hecho a sí mismo que no se dejaba arrebatar por sentimentalismos trasnochados y el primer domingo de enero, voló decidido al encuentro de un destino incierto.

Tres meses más tarde, el Director comercial de “FrutiCOR” era un hombre feliz. Después de estrenar su devoción como cofrade en la procesión del Cristo de las Ausencias, desayunaba animado en la mejor cafetería de Peñarroya, con sus compañeros del Partido Andalusí de Progreso.

- Don Luis, ¿La tostada con Tumaca?
- ¿Con Tumaca? Niña, ¡Qué no te enteras! La tostá con aseite de Priego o con manteca de la Colorá. ¡No te joe, la polaca esta!

JMF

domingo, 15 de mayo de 2011

La Drea


LA DREA


Hacía unos días que les habían expropiado sin remedio. La chabola, el cobertizo donde guardaban las gallinas, el famélico huerto que resistía en medio de un barrio caótico y urbano. La excusa, un enorme obús de la guerra civil que había aparecido intacto en medio de “El Chaparral”. Ese era el nombre que recibía la pequeña finca.

Los chavales nos arremolinábamos frente a las vallas dispuestas por un grupo de militares que llegaron a toda prisa para desactivar aquel ingenio de muerte,  que había dormido enterrado casi cuarenta años pero que según decían los viejos, todavía podía reventar y llevarse a cualquiera por delante.

Mi madre me prohibió asomar la nariz  pero en aquellos años, todavía, las madres no lo controlaban todo y existía un mundo que sólo pertenecía a los niños, un mundo de fantasía, de aventuras, de palabras prohibidas y de secretos donde los adultos no tenían cabida.

En apenas una mañana, hombres y máquinas hicieron desaparecer la bomba y cualquier indicio que probara que allí, durante más de cincuenta años, había vivido una familia. Levantaron zanjas, removieron la tierra y dispusieron, sin querer, un escenario perfecto para jugar.

A ojos de un chaval de once años, el solar parecía enorme. Una tierra fronteriza entre nosotros y ellos. Ellos eran la banda rival, más allá de la calle ancha que separaba dos territorios apenas delimitados por la imaginación. Atravesabas el bulevar de la avenida y el mismo cielo se volvía extraño. Nos sentíamos incómodos y casi nunca pisábamos por ahí a no ser por estricta necesidad. No nos importaba, ahora teníamos un nuevo campo de juego, un lugar especial donde pasar las mañanas y las tardes de ese largo verano. Cazar ratas, buscar cuentas de cristal, balas de la guerra, fumar “un trujas” a escondidas de la mirada de los mayores, hablar de todo y nada a la sombra de la higuera… No era un triste espacio vacío, era un tesoro que caía de nuestro lado. Demasiado hermoso. Desde el primer día supimos que tendríamos que luchar para disfrutarlo.

Dos días después de la marcha de los soldados, Manolín nos trajo noticias de los de Chimbo, calle principal de nuestros rivales. Era extraño, pero no hacía falta quedar, ni llamarse; cómo por ensalmo, sin mediar cita, todos aparecíamos en el sitio y en el momento oportuno. Manolín y su hermano pequeño, “El Chino”, vivían tan cerca de los otros, que siempre realizaban las labores de inteligencia y mensajería. El tema, estaba claro, nos disputaban el uso y disfrute de El Chaparral. Esta vez no les valía un partido de fútbol o un campeonato de chapas, esta vez nos desafiaban a una “drea”, una pelea de piedras dentro del terreno. Las reglas eran simples: no se permitía el uso de tirachinas ni hondas, tampoco valía tirar tierra a los ojos del contrario. Perdía la banda que primero se retirara o se rindiera. Además, el código de honor establecía respetar el paso a los que resultaran heridos y a las chicas,  a excepción de Pili que mostraba una temible puntería. Afortunadamente, Pili, iba con nosotros. Aceptamos, lo contrario era imposible. El sábado siguiente a las 11,00 se decretó el inicio de las hostilidades.

Pasamos esos días de puntillas, a ratos acelerados, a ratos callados y absortos. Bajo juramento, en casa, ni palabra. Chivarse o irse de la lengua, significaba cometer un delito infame que acarreaba destierro. Jorge, que era un manitas, nos ayudó a confeccionar una suerte de escudos con cartón y contrachapado de la carpintería de la esquina.

El sábado, mucho antes de las once, ya estábamos dispuestos. Nos dividimos en tres grupos: uno poderoso en el centro y otros dos veloces a los flancos. Llenamos los bolsillos de piedras y esperamos... Puntuales a la cita acudieron los de Chimbo. Más o menos estábamos a la par. Traían unos cartones largos para cubrirse que nos parecieron ridículos. Miraban nuestros escudos con envidia y parecían tan nerviosos como nosotros.

La cosa iba de veras pero empezamos despacio. Las primeras piedras salían como pidiendo permiso, describiendo una elipse que terminaba en ninguna parte. Previsibles, eran de tanteo; nadie quería quedar fuera de combate a las primeras de cambio. Poco a poco la intensidad fue en aumento, algunas pasaban tan cerca que asustaban. El Chino fue la primera víctima, un pedernal le rompió las gafas. El pobre lloraba, no por el dolor sino por la que le esperaba en casa. A mi lado alguien, acertó un cantazo en la oreja de un pobre muchacho que se fue corriendo con la mano aferrada al oído mientras sangraba.

Los chicos de Chimbo se organizaban en torno a un capitán. Armando era un verdadero líder, atrevido e inteligente. Todos le admiraban, también nosotros, pero esa fortaleza era a la vez su debilidad. Acertar a Armando significaba terminar la contienda, por eso concentramos la drea entorno a él pero Armando no se escondía ni arredraba.

En una de estas, fui yo el que recibió una precisa pedrada en la cabeza que me tiró al suelo, mis amigos me dejaron en retaguardia, sentado, triste. La sangre derramada, tiene una tibieza que no alcanza el agua caliente, esa calidez me recorría el rostro y empapaba la camisa.

Varios heridos después, la cosa pintaba en tablas hasta que Felipe, que atinaba una mosca al vuelo, “de sobaquillo”, acertó de lleno en la frente de Armando con un canto ovalado, sin aristas, preciso. Con su capitán caído, bajaron los brazos y alzaron un pañuelo blanco en señal de rendición. Todo había acabado en silencio, sin vítores ni gritos. Demasiadas bajas, hasta un total de seis, entre propios y extraños.

Se llevaron a Armando medio inconsciente, con una brecha oscura y profunda que daba miedo sin que de su boca saliera una queja y a mi me acompañaron a casa de una vecina para que me curara. Sentía sobre todo, la que me iba a caer cuando mi madre me viera. La vecina, menuda bruja, lo primero que hizo fue mandar a avisarla.

De aquellos días recuerdo el castigo de una semana sin pisar la calle y guardo una cicatriz de tres puntos en la cabeza que acepté sin rechistar, sin derramar una lágrima en la Casa de Socorro, ante la mirada severa y a la vez tierna de mi madre.

Después de la escabechina de El Chaparral, nunca volvimos a pelearnos con los de Chimbo. No hubo alegría en la victoria, ni llegamos a disfrutar el terreno conquistado. No hablamos mucho del asunto y una sombra nos cubrió durante el resto del verano.

En septiembre, en el lugar de la batalla, un amigo “enchufado” del Concejal de distrito, comenzó a levantar un edificio de cuatro plantas con plazas de garaje. Secretamente nos alegramos, porque bajo aquella mole de ladrillos, quedaba al resguardo una parte de nuestra inocencia.

Gelesar

domingo, 1 de mayo de 2011

Decir "No"- Pedro Simón



A los cinco años, Cristobalito nos pidió ir a Eurodisney y le dijimos que bueno, que vale, porque todos sus amigos de la urbanización se habían retratado con Pluto y nuestro hijo no. Fuimos, se hizo las fotos y se las enseñó a la niña del 5ºC. Ea... Nos quitamos un peso de encima.

A los ocho años nos pidió una videoconsola y se la compramos porque en clase era el único que no la tenía. Los veías a todos en el recreo matando marcianos y al nuetro allí, apartado, con el gafotas y el gordo. Cuando ese día nos íbamos, Luisa me agarró la mano entre lágrimas. "Es que el niño va a ser el raro". A la mañana siguiente le compramos la Super-Force-Turbo. Ahora juego yo solo. Pero no me importa.

El teléfono móvil cayó cuando tenía 10 años y a raíz de que el chico tratara de ahogarse metiendo la cabeza en la bañera como forma de protesta. Gritaba que no podía comunicarse si no tenía acceso a internet. Así que, ya puestos, decidimos comprarle el mejor aparato, no fuera a ser que se traumatizara y acabara como un delicuente juvenil. Para asegurarnos  de su felicidad le compramos también una tableta digital, un perro chow-chow y una Play Station con cristales de Swarovski.

A los 11, angelito incauto, lo que veía en el colegio o por la tele, a ver. Que si unas zapatillas Nike. Que si un polo de Ralph Lauren. Que si una cazadora Burberry... El día en que nos dijo que los padres de sus compañeros eran más jóvenes que nosotros, nos faltó tiempo a Luisa y a mí. Por la noche nos teñimos las canas.

Tenía 12 años cuando lo mandamos a esquiar a Sierra Nevada para que no fuera menos que el resto.
Cuando llegó a los 13 se le emperejiló una profesora de oboe y le aplaudimos el gusto. A los 14 años dijo que se nos asfixiaba y tiramos dos tabiques de casa, hicimos reforma y le quedó una habitación espaciosa de 68,20 m2. Estábamos apretados mi mujer y yo, es cierto,  pero no cabíamos de contentos.

La pasada semana Cristobalito cumplió 15. El chico llegó encabronado, pegó un portazo y le dijo a su madre "Muérete". Obedecimos. Entre estertores de moribunda, con sus manos entre las mías, Luisa me hizo prometer que miraría lo de la moto.

Pedro Simón

jueves, 14 de abril de 2011

Llegar al Mar




Los puertos son tristes. Incluso el agua remansada oscurece más allá de la bocana, hasta convertirse en un espejo negro que absorbe todas las imágenes, todas la penas. La verdad, no sé que hago aquí.

Aspiro con placer la mezcla saturada de olores: salitre y pescado muerto, agua estancada que olvida un cerco blanco mientras se desvanece en la concavidad del cemento, de la piedra. La humedad oprime los sentidos, el calor sofocante transforma la realidad. Mis ojos se nublan.

Un gigante niño ha estado jugando con todo lo que encontraba a su paso; las nasas, los aperos se amontonan sin sentido aquí y allá. Las cajas de pescado permanecen apiladas en posturas imposibles, las más afortunadas guardan de recuerdo el tesoro de una escama.

Al fondo, en la frontera, un orgulloso espigón se alza estático sobre un mundo líquido que se agita, golpea y retrocede para golpear de nuevo. Del espigón no sale la más mínima queja. ¡Estúpido! No sabe que el mar no tiene prisa.

Un toldo de nubes no acaba de abrirse y aplasta cualquier intento de brisa. La tarde agoniza y yo boqueo como un pez en el seco.

Un corro de viejos juegan a ser arañas entre una montaña de redes deshilachadas. Mueven las manos con precisión y sin esfuerzo. Apenas miran la tarea, apenas una palabra, apenas un movimiento porque carecen de piernas. No reparan en mí. Me alejo y cuando me vuelvo se han convertido en sal.

En el saliente, emerge un faro que descansa cada mañana la cabeza de cristal, mientras entorna su único ojo. Polifemo está cansado de mirar al mar y sufre de cervicales. ¡Necesito agua con urgencia!

Me invade la sensación de haber llegado tarde a una matanza; a cada paso caparazones rotos, conchas descarnadas, cabezas momificadas de peces cargados de culpa que todavía saben mirar. Las patas de cangrejo caminan a ninguna parte buscando dueño, sin sospechar que las gaviotas gritan porque lo han visto todo. Temo a las gaviotas.

Un barco que ha escapado del agua, muestra sin pudor su enorme panza; de un salto se ha encaramado a un encofrado y ahí se abandona. Los demás, amarrados, no pueden y permanecen en un constante vaivén, chocando unos con otros, exhibiendo su mal humor. Odio a los barcos.

En alguna parte había una vieja taberna tatuada, envuelta en humo de tabaco, macerada en alcohol. En su interior no hay relojes y los rostros borran sus emociones con aguardiente y ron. Dicen que los que entran solos acaban por olvidar. Dicen,  que algunos nunca han regresado. La taberna siempre está abierta.

Por fin, la lluvia principia sin llegar a tocar el suelo… Lentamente arrecia y todo se va empapando. Alivio para la tierra. El mar recibe indiferente esa agua forastera, hija pródiga que marchó en busca de aventura y que siempre acaba regresando. Me refresca y poco a poco vuelvo en mí. He estado a punto de morir deshidratado y no me he dado cuenta.

Alguien se acerca y comenta:

- Uff, menos mal que llueve.
- (yo) Sí, creía que no lo contaba. Oiga ¿Es usted un pulpo?
- Sí señor, ocho brazos para servirle.
- (yo) No sabía que los pulpos hablaran…
- ¡Desde luego…! Este calor nos afecta a todos pero los bogavantes siempre acabáis dando la nota. Ande, sígame. Sé cómo llegar al mar.

Gelesar.